Jesús Carrero Rodríguez

Jesús Carrero

Un hombre enamorado del piano y de la música, al que Santander y Colombia deben tanto, dueño de una risa sonora y contagiosa, afable, locuaz y extrovertido, nació en Piedecuesta el 27 de agosto de 1949. Es el menor de los tres hijos de José de Jesús Carrero y Carmen Rodríguez, que no solo heredó de su padre la inclinación musical, sino que de él recibió las primeras enseñanzas y el apoyo para cultivar su talento y su amor por la música.

En una vida arrullada por la música, que lo llevó a convertirse en un legendario serenatero, que iba, en compañía de Rafael Aponte la mayoría de las veces, a cuanto encuentro, concurso o festival había, sobran las anécdotas. La primera se remonta al año 54: «Mi papá tenía un grupo de cuerdas conformado por bandola, tiple, guitarra y violín que se llamaba ‘Los Titanes”. Yo siempre asistía a los ensayos y les ponía muchísima atención. Al terminar, invariablemente, cogía la guitarra, que en esa época era más grande que yo, y me ponía a tocar. En una ocasión el grupo fue invitado a tocar en una fiesta, pero el guitarrista se enfermó, entonces el del tiple aceptó que “pusieran al chino a prueba, y el chino sí sirvió”. Con el tiempo, reemplazaría definitivamente al guitarrista.

Más adelante, para la época en que era estudiante de la Escuela Normal Superior de Piedecuesta, tuvo como maestro a don Miguel Navas, quien dirigía el coro y tocaba el órgano eléctrico, y le permitía tocarlo, “con la doble intención de que lo reemplazara cuando él no pudiera ir a la iglesia”. Ese fue el punto de partida de su amor por este instrumento, uno de sus favoritos, porque, según dice, “lo tiene todo: los bajos, melodía y armonía”. Y aunque su formación musical ha sido básicamente autodidacta, la vida le ha puesto más de un buen maestro en el camino. Así encontró a Roberto Goyeneche, también estudiante de la Normal, con quien empezó a conocer el piano, instrumento al que está indisolublemente ligado y al que debe buena parte de sus satisfacciones musicales. Eso sí, aclara, como siempre a las carcajadas, que lo hacía mal, porque no tenía formación musical; todo era a oído. De allí surge para él su “fiebre por hacer música” y el interés por otros instrumentos como la bandola y el tiple.

Una vez titulado empezó su periplo laboral, que lo llevaría, entre otras cosas, a ser profesor de música en el Inem y luego en el Colegio El Rosario, en Barrancabermeja, donde no solo fue maestro de música, sino que llevó su osadía al límite de fundar y dirigir grupos como la estudiantina, el trío y la coral, pese a que, como él mismo dice, no tenía ni idea de eso.

En paralelo, se desempeñaba como músico en La Noche Show y en el restaurante El Corcovado. Pero en el año 1989 su suerte cambió gracias a los buenos oficios de Jaime López, en ese entonces gerente de la emisora Bucaramanga de Colmundo, y que además era cantante. Lo cierto es que él lo llamó una noche y le preguntó “¿Quiere irse pa’ Cali?” Depende, le contestó el maestro Carrero, que en esa época también daba clases de instrumento pedagógico en la recién fundada Escuela de Música de la UIS. Al final la idea de trabajar jueves, viernes y sábados y recibir el doble de todo lo que ganaba en Bucaramanga, trabajando aquí y allá, lo sedujo tanto como Cali misma. Así, viajó contratado como pianista acompañante en Las Abuelas, un lugar sabroso donde no solo había músicos en vivo, sino que se hacían espectáculos de baile y canto, vendían trago y el público podía cantar.

En sus horas libres, que eran muchas, tuvo, con un socio, una escuela de música llamada Contumúsica, dedicada a compra y venta de instrumentos y a la enseñanza, que corría a su cargo. La escuela fue muy exitosa hasta que la plata los separó. También conformó un grupo de órgano, bajo y guitarra, orientado exclusivamente a acompañar artistas y daba clases particulares individuales de órgano, teclado, bandola y guitarra.

Pero la faceta que más reconocimiento le ha merecido al maestro Chucho Carrero es la de afinador, restaurador, reconstructor y remodelador de pianos, labor a la que está dedicado, actualmente, casi de tiempo completo: “A mí me entregan un pedazo de piano y yo me comprometo a reconstruirlo, madera y todo”, afirma.

A este “aprendizaje bonito” arribó de manera fortuita, gracias a las ratas que un día dieron buena cuenta del tercer órgano que compró, un Yamaha electrónico, que él mismo destapó y arregló. Después llegó a sus manos un piano desafinado, que por fortuna tenía la llave, y tras ‘cacharrearlo’, pudo arreglarlo. Ahí empezó todo, dice, “haciendo las cosas”. Luego, vinieron, al igual que en la música, los maestros, el primero de ellos, el caleño Alfredo Patiño, que con mucha generosidad le transmitió buena parte de sus conocimientos, y un afinador gringo de apellido Olstum que conoció en Barranquilla y le enseñó algo muy sabio: “Si usted afina el piano con un afinador bueno, el piano queda perfecto, pero suena mal. Hay que afinar dos octavas del centro y de ahí para allá debe atenerse a lo que pida el pianista, porque él es quien conoce el color del piano”. Pero si el pianista no está, aclara, se afina a lo que dé el instrumento.

De sus legendarias andanzas hay innumerables anécdotas, a cual más de divertidas. Recuerdo de alguna de ellas quedan estas quintillas escritas por Leonidas Ardila como venganza contra el maestro Carrero, quien cada vez que llegaba a Bucaramanga se escapaba del hogar paterno con el cuento de que iba a visitarlo. La cosa llegó a tal punto que don José, el padre del maestro Chucho, andaba pregonando a los cuatro vientos su ‘arrechera’ contra Leonidas. Y dice así:

Excusas y mentiras: Al vago Chucho Carrero / le dio por las escondidas. / Mujeriego y parrandero / al salir, dice severo, / “voy de fiesta con Leonidas”. // Se viene desde Barranca / y se pega sus perdidas, / su fácil chica levanta, / se amarra su buena tranca / y “estaba donde Leonidas”. // Viernes, sábados, domingos / en orgías ya conocidas / dice al ir por los chilingos / “Voy de fiesta con los pingos / a la casa de Leonidas”. // Pero se van a acabar / sus excusas y mentiras / Pues me voy a presentar / en su casa a demostrar / que no estaba con Leonidas. // Mejor le doy un consejo / para farras y tenidas, / engatuse bien al viejo, / organice su festejo / pero invite a don Leonidas.

Otra anécdota, que también produjo unas décimas de un humor bastante particular, que tiene que ver con su viejo amigo Rafael Aponte, y, de nuevo, con don Leonidas Ardila y con Alcibíades Parra ‘Parrita’. Cuando a Rafael Aponte y a Chucho Carrero les daba por componer pasillos y bambucos, don Leonidas era el que copiaba, y luego lo tocaba en la flauta para que todos oyeran. Una vez, Rafael compuso un pasillo y se lo dedicó a Chucho, don Leonidas, como era costumbre, lo copió, pero dijo que no lo podía tocar porque en la segunda parte le había puesto dieciséis compases sin un solo silencio, y en la flauta era muy arrecho tocarlo. Sin embargo, sugirió “Lléveselo a Parrita, que es el flautista de la Rondalla Bumanguesa”, y aunque este no lo tocó tampoco, sí hizo este comentario:

El último pasillo de Rafael Aponte: Me trajo Aponte un pasillo / compuesto a Chucho Carrero / el famoso guitarrero. / Nada tiene de sencillo / pero tiene gracia y brillo. / Compuesto para bandola, / para guitarra o pianola / en donde no hay que soplar, / y se puede ejecutar / sin mucho esfuerzo en la cola. // Pero en la flauta, carajo, / se necesitan pulmones / y refuerzo en los cojones. / Lo tocará algún vergajo / que lo inflen por debajo. // Todo mi esfuerzo fue nulo, / lo tocará el gordo Angulo / O, como dijo Parrita, / pa’ tocarlo necesita / cien libras de aire pu’el culo.

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