John Jairo Claro Arévalo

John Jairo Claro Arévalo

Él es más compositor que autor; dice que le parece difícil escribir el texto. Nació en Ocaña el 14 de noviembre de 1961, un año después que su hermano gemelo, porque el cura del pueblo los registró a los dos con la misma fecha, de 1960.

Su papá era transportador, tenía dinero y trabajaba para los hijos y para que la mamá pudiera ver de la casa. Eran ocho hermanos y cada uno tenía un carro; vivían en San Alonso en una casa de mármol, entre costeños y paisanos, y sacaban los parlantes a la calle, a todo volumen, y tocaban el mismo disco durante tres días hasta que les echaban el ejército y la policía. Él tocaba guacharaca en grupos vallenatos, y acordeón (fue alumno de Ramiro Colmenares).

Ha sido costumbre de los ocañeros, como si fuera Valledupar, que cuando se compra un disco de vallenatos, cumplir con todo un rito: tres días de parranda y sancocho oyendo el disco, y así, con casa de mármol, revólver de colección con cachas de oro (con salvoconducto, claro), y con todo ese bochinche, pues una vez los allanaron buscando drogas y armas, y se llevaron el revólver, con cachas de oro (con salvoconducto, claro).

Su primera composición, por supuesto, fue un vallenato.

En su familia siempre ha habido música. Su papá tocaba tiple; unos tíos, armónica, y tres de sus hermanos tocan. Él recibió clases del maestro Conde, y en el Colegio Santander, frente a las opciones del deporte o la música, no tuvo duda alguna. Allí armó un trío con Fabio Álvarez y Édgar Blanco, e interpretaban temas de Fabio, que tocaba de todo. Fabio componía y él arreglaba.

Gestionó sus estudios de medicina en Estados Unidos, y terminó estudiando esa carrera en Cali; no perdió materias, pero se retiró para viajar por Colombia en los camiones de su papá. En Bogotá, estudió ingeniería de sistemas, ingeniería Forestal, y se acercó a la música colombiana y latinoamericana, y tuvo cerca de Chimizapagua. Hacía –y conserva– sus propios instrumentos: quena, zampoña, flauta. Formó el grupo Guayasamín. Estudió ingeniería Metalúrgica, y se metió a danzas con Colacho, y aprendió requinto, tiple, flauta, tambora y gaita, y viajó a Venezuela, a Cali, Santa Marta y Barranca; formó parte de Los Macumberos; estudió en el Dicas; se graduó en la Escuela de Música. Hasta perteneció a una secta “cristiana” en Cali. Estaba como desubicado, dice él.

Su inclinación por las chilenas, tal vez, tiene origen en Cali, donde tuvo una novia, hija de exiliados; pero lo de Marlene es una historia larga, que comienza en San Alonso, se define en Santiago y termina en Dalton y en Trilce y en Inti.

Con Wilfredo Rosas, que estudiaba medicina, cancelaron el semestre y se embarcaron al sur. Se compró un tiple de Héctor Cruz, se echó la guitarra y una mochila verde, vieja, con tres bluyines, tenis, calzoncillos y cien dólares. Eso sí, se llevó un “dosier” que armó con la colección de recortes que tenía de Vanguardia, que le publicaba frecuentemente los anuncios de sus presentaciones. Se bautizaron ‘Dorremimo’–él cantaba y Wili era mimo– y actuaron en Cali en ‘La Bodeguita del Medio’, en Pasto durante ocho días, en Quito con unos músicos “yacistas” que habían conocido en un encuentro latinoamericano organizado por el grupo Nueva Cultura en Bogotá, que los alojaron por una noche, y al día siguiente se encontraron con Fausto Caamaño, que los llevó a su casa, y ellos le colgaron la canal durante un mes. Con el Banco de la República del Ecuador hicieron presentaciones en la Fundación Quito, en televisión, y aparecían en la prensa, y hubo entonces material para agrandar el “dosier”. Después actuaron en Cuenca; luego, en la frontera, Machala, Tumbes, y a Lima, con la bailarina Sandra Campos, y otra vez en televisión, en un programa con una loca por el estilo de Laura Bosso, y más para el “dosier”. Andaba con el pelo largo y con barba roja, y pasaba por turista europeo, para que no lo asediaran tanto por colombiano. Después, Arequipa, la ciudad blanca. Luego, Cuzco, en un hotel de viajeros, y el dueño los contrató para su hija que cumplía 15 años, y les encimó el hospedaje y la comida. Más adelante, Machu Pichu. En La Paz, los hospedó un artista muy pobre; la casa no tenía techo; a los ocho días, los hospedó otro artista, también pobre, pero no tanto: sin baño, pero con techo.

Entraron a Argentina por Tucumán, y se colaron en una comparsa de un colegio. Vieron la luna tucumana, y vieron a Les Luthier por un dólar. En Buenos Aires se toparon con una pareja de médicos colombianos que los invitó a comer, les compró zapatos y les dio cien dólares. Entraron a Montevideo por el estuario de La Plata, a ubicar a Pancho, que les dio de comer, pero como no tenía dónde, los hospedó en el local donde vendía cámaras; ellos se quedaron allí, y no se robaron nada. Actuaron en una carpa circo, en un festival local, y el 27 de diciembre llegaron a donde Juancho en Santiago, y se reunieron con un grupo de amigos, y apareció Marlene, que tenía novio, pero llegó sin el novio, y como allá, si se hace tarde, ofrecen posada, pues a acomodarse, y le tocó con Marlene en una cama chiquitica. Los chilenos no tienen problema en dormir hombre y mujer, pero este es santandereano, no chileno, y en esa cama, como el filo de un machete… Por supuesto, comenzaron a verse los dos, solos, sin el novio. Llegó enero, y para la temporada del teatro El Ombligo necesitaban un músico, así que se unió al combo. Y otra vez les cogía la noche, y “Marlene, le toca dormir con el colombiano”, y ella, “sí, sí, sí”: se juntaron el hambre con las ganas de comer. Después de la gira, Marlene se llevó al “amigo” para la casa. El papá, fresco, pero la mamá sí sospechaba: “Cuidadito con el colombiano”. Allí se quedó un mes, y Marlene le gateaba: él era la presa. Fue un amor muy intenso, y en febrero decidieron encargar un hijo, que sería Trilce, si era niña, o Dalton, si era niño. En ese momento, su viaje cumplía dos años.

A pesar de los esfuerzos, frecuentes, continuos e insistentes, no hubo niño a la vista, y él, sin hijo, y pobre, se embarcó de regreso para la UIS. Llevaba dos años sin comer carne colombiana, patacón, yuca, chuzo, mazorca ni maduro asado. En Guayaquil se hartó de estas delicias, y en Quito llamó a Marlene, y supo que tanto esfuerzo había dado resultado, y que iba a ser papá. El niño nació en febrero, y prometió viajar en julio, pero no se aguantó y llegó a finales de junio, después de una semana exacta de viaje. A los ocho días, decidieron casarse. Reunieron varios amigos, hicieron una vaca y compraron pollo y vino para celebrar, y listo. Y a la semana de matrimonio, otra vez él para Colombia; y la mamá de Marlene: “¿Cómo es la cosa con el colombiano? Viene el colombiano, le deja un hijo y se va; viene el colombiano, la deja casada y se va. ¿Qué pasará ahora, la dejará preñada y con hijo, otra vez, y se va?”

Por supuesto, al poco tiempo, Marlene y el niño estaban en Colombia. Lo primero que recibió él de su hijo fue una cachetada, porque Marlene le mostraba al niño una foto suya y le decía “papá”, así que el niño lo desconoció, pero aprendió que las fotos se llamaban “papá”.

John Jairo Claro Arévalo y Marlene Vargas son una verdadera pareja, y trabajan en equipo. John le muestra a ella todo lo que compone. Ellos siempre se muestran sus cosas, pero a John le gusta más lo que ella le muestra.

 

 

 

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