Jesús Alberto Rey Mariño

Jesús Alberto Rey Mariño – Homenaje póstumo

“Chucho” Rey, itinerante sin agenda

Por: J. Iván Hurtado Hidalgo

Quienes disfrutamos de la grata amistad de Jesús Alberto Rey Mariño, a quien era imposible decirle maestro, como enseñarían los cánones de la cortesía, preferiremos por siempre llamarle simplemente Chucho. Un pamplonés, siempre sonriente y sencillo, dotado de una envidiable facilidad para convertir en arte cuanto tocaba y de ese encanto que la providencia reserva a muy pocos consistente en inspirar a su alrededor confianza y sensación de optimismo.

Tenía la extraña facultad de aparecer en el momento menos pensado, sin anunciarse, sin siquiera insinuarse, y de la misma manera, desaparecer en cualquier momento, como un fantasmita birlón. Al menos así apareció en mi vida, en algún momento que no puedo precisar hoy, aunque puedo asegurar que desde cuando tuve conciencia de su amable compañía, algo se iluminaba por el simple hecho de iniciar con él cualquier conversación, por intrascendente que pareciera el tema invocado. Y a todos nos dejó perplejos y desconcertados cuando partió para siempre la madrugada límpida del pasado 1 de agosto.

Si vale intentar una descripción de nuestro amigo, podría resumirse diciendo que se trataba de un itinerante sin agenda, un viajero perpetuo que se desprendía de todo, regalándolo a sus amigos sin el más leve asomo de nostalgia por el bien entregado. De hecho fue la generosidad su valor más visible, como el mejor maestro honesto y paciente. Consejero que ahorraba palabras y prefería ofrecer en silencio el buen ejemplo. Y podríamos aventurar una segunda definición, la de un equilibrista sin red; su innata inclinación por la aventura siempre le impulsaba hacia empresas idealistas, en las que se embarcaba con inusitado entusiasmo y sin pensarlo mucho. Lo que siempre sorprendía de estos dos atributos –su perenne itinerancia y su proclividad hacia la aventura- era que, finalmente, nada se le diluía en las manos y todo lo que empezaba casi imperceptiblemente y sin formalismos, terminaba convirtiéndolo en realidad.

Lo mismo que sucedía en los terrenos de la música, su providencial dote de natura, sucedía en muchas de las empresas que emprendía. Sin querer queriendo, asumía, uno tras otro, retos grandes y pequeños, travesuras lúdicas que rubricaba con trazos gráciles y cargados de buen humor.  Todo en sus manos contagiaba una insólita sensación de facilidad, por más ardua que fuera la tarea e intrincada la disciplina para realizarla. Su capacidad innata para acertar en la negociación en circunstancias conflictivas inspiraba confianza y desterraba los recelos. Podría decirse que, tal como surgían gráciles melodías de sus dedos a partir del devaneo improvisatorio sobre el teclado de blancas y negras -el territorio de sus dominios-, los proyectos en sus manos asomaban sin prolegómenos y se sostenían sin aspaviento hasta la inflorescencia.

Le recuerdo, en una época muy dolorosa de nuestra historia reciente, en la martirizada ciudad de Medellín, escalar las empinadas escarpas de las comunas más pobres y huérfanas de esperanza, cargando violines, flautas y trompetas, que con decisión difícil de rechazar, ponía en las manos de esos niños y adolescentes que podrían ser presa fácil de las más repulsivas formas de violencia –y sin duda, algunos ya lo eran-, y sin esperar siquiera la respuesta de los sorprendidos muchachos y muchachas, empezaba con ellos, imperturbable, la divina labor pedagógica en búsqueda de la elusiva armonía, en medio del fragor de las bombas de la insensatez. Al final, como si hubiera sido tarea fácil, empezó a surgir la polifonía multicolor, y lo que antes eran miradas recelosas de los temerosos y temibles niños y adolescentes empezó a tornarse en sonrisas. Y desde las empinadas colinas de miseria que circundan el Valle de Aburrá empezó a caer una múltiple cascada de música como bálsamo de rosas.

Pero Chucho jamás fue de los que se regodeara mirando el éxito de su mágica creación. Tan pronto algo empezaba a sugerir el éxito, transfería con desprendimiento la conclusión de la obra a aquellos que bien le hubieran interpretado; con un guiño cómplice y siempre gracioso, dejaba el asunto en buenas manos y emprendía una nueva sinfonía. Así encadenó pasillos y bambucos entre guirnaldas de notas blue, que sorprendían a los tradicionalistas y hacían saltar de regocijo a los duendecillos de espíritu joven. Y así siguió y siguió su breve caminar, burla burlando, goza gozando, hasta que un buen día desapareció en silencio, tal y como apareció en nuestras vidas para perfumarlas con su inagotable sentido de la bondad. Nos dejó grabados con buril de oro en la memoria su sonrisa y su insobornable optimismo.

Aquí, entre nosotros, en su tierra santandereana, quedan como inconmensurables legados de su grandeza, al lado de sus pasillos y bambucos, varios centenares de jóvenes artistas a quienes les abrió las puertas de ingreso al paraíso de la música en las escuelas de las Universidades Industrial de Santander y Autónoma de Bucaramanga, en donde prendió lozana la simiente de su sonrisa y su hombría de bien.

Bucaramanga, agosto 3 de 2009

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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