Amalia Cristina Carrera Duque

Amalia Carrera

Se fue para Chile con el tiple debajo del brazo, que no toca aquí porque le da pena, en la época más brava de la represión de Pinochet, y, con las advertencias de los carabineros de mantenerse al margen, disfrutaba de los músicos ambulantes, y llegaban los agentes con las jaulas a llevárselos. Una vez, que era invierno y ella tenía una ruana, un hombre le metió la guitarra en la ruana y se pegó a ella para que no se lo llevaran. Ella no se movió y los agentes pasaron derecho, y el hombre la miró con una mirada que se le quedó en el alma, y se fue sin decir nada. Allí vivió intensamente todos los días. Nunca estuvo en casa los fines de semana. Cantaba bambucos en la TV e iba por los pueblos preguntando por los músicos, y se volvió especialista en el folclor chileno y tomó vino parejo con todos.

Se fue para Argentina en 1989, y su despedida fue una presentación en Ginebra, cuando estrenó una obra suya, ‘Dulce Valle dulce’, con sus niños, listos desde las seis de la tarde, pero dormidos a la una de la mañana cuando fue la presentación. Le fascinó Argentina porque hay una pasión por la vida cotidiana. Se compró una casita en un barrio obrero y trabajó con los niños en un quiosco (quincho) que construyó como un estudio para sus clases de música. En 1990 tuvo allí un encuentro espiritual que cambió su vida, porque venía corriendo; hasta había pensado irse al Japón a un monasterio.

Amalia Carrera Duque es la tercera de los hijos de Luis Eduardo Carrera Lastra y Amalia Duque de Carrera. Sus hermanos son Consuelo, Luis Fernando, Jorge Alberto, Eduardo y Darío. Nació en el Tolima, tierra bendecida, como Natagaima, donde siempre se encuentra qué tragar, y se vino a nacer santandereana cuando Nestlé trasladó a su papá.

Ibagué y el Tolima son para ella sus ancestros, su pueblo, su raza: esto no ha cambiado para ella; pero Bucaramanga es su cuna porque se siente santandereana. Se dio cuenta alguna vez, cuando llegó de alguna parte, y en el trayecto, entre el aeropuerto y Bucaramanga, sintió que llegaba a su nido. Hasta los 18 años estuvo en Ibagué y luego se fue para Bogotá. La música entonces se convirtió en el entorno de la felicidad, porque era una niña bonita que cantaba bonito, y era una reina. Su papá consideraba que a las niñas no se les daba estudio, así que se fue para Bogotá a trabajar y a estudiar, y allí estuvo tres años y medio.

Entonces estudiaba música en el Conservatorio, y por curiosidad se vino para acá por seis meses, pero se quedó. Era consentida de su maestro, Gerard Rothstein, director de la Sinfónica de Colombia. Siguió yendo a Bogotá, se casó y siguió estudiando en Medellín. En Bucaramanga, se vinculó con el Dicas y con el Virrey Solís y con la UIS, y no tiene memoria de los años que ha durado en alguna parte. Hizo alianza con el maestro Gustavo Gómez Ardila. Él y Leonardo Gómez Silva fueron fundamentales en su vida. Con Gómez Ardila, la música colombiana; con Gómez Silva, la música clásica.

Amalia ha seguido estudiando toda la vida; y siempre se matricula en kínder. Su gran orquesta siempre ha sido con niños. Para ella, el comienzo de ser universal está en la posibilidad de extractar la esencia de las personas. “De la época de mi proceso de aprendizaje –dice Amalia– quedamos los que queremos muchísimo la música, porque ¡cuánto nos aporrearon en ese aprendizaje! Una vez me sorprendieron tratando de tocar un bambuco y por eso me llevaron a la rectoría en Ibagué”.

En Bucaramanga comenzó a ser mujer con responsabilidades. Al lado de su suegra comenzó a conocer las costumbres santandereanas, y comenzó a echar raíces aquí. No le costó trabajo hacerse a Santander, pero cuando volvió a Ibagué, por el hablado santandereano, le dijeron que si se había vuelto macho. Y ha tenido problemas por eso.

Durante algún tiempo la vincularon al proceso 8.000 porque entre diez personas reunieron 8.000 dólares para viajar a Hungría a estudiar el método Codai, y, para que no los estafaran, le compraron una máquina para detectar dólares falsos a la misma persona que les vendió los 8.000 dólares falsos. La plata se perdió, pero resolvieron el problema, y a Hungría llegaron.

Recién llegada de Hungría la llamaron de Batuta para Sincelejo, y sus hijas estaban en la universidad estudiando música. Aceptó, y se fue en el año 2000, y comenzó a repetirse la historia que vivió en Santander, con la diferencia de que allá no había de lo académico sinfónico. Ella fue la encargada de llevar a la zona la formación musical desde la orquesta.

Su nombre se pronuncia cuando alguien se refiere a pedagogía musical, a gestión musical, a proyectos y orquestas infantiles, a voluntad, vocación y entrega, y cuando se busca un punto de referencia para hablar de la formación de buenos músicos en Santander y la región. Amalia Carrera: es ese el nombre que, con todo el amor, hemos querido pronunciar hoy.

 

 

 

 

 

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