Rubén Darío Gómez Prada

Rubén Darío Gómez Prada

Rubén Darío Gómez es licenciado en música de la UIS. Su proyecto de grado fue formar una banda de estudiantes, y ahí comenzó en serio su cuento con las bandas, aunque venía ya con lo de la música desde que estaba niño; desde que asistía el lunes a la banda del colegio, el martes al Dicas, el miércoles a la banda, el jueves al Dicas, y así… y así se tiró primero de bachillerato, y Joaco, su papá, lo puso a trabajar durante todas las vacaciones como un obrero más. Para que valorara el estudio. Había recibido la advertencia de que, si perdía el año, lo mandarían a regar mandarinos a Betulia, y así fue como tuvo que calmar a pimpinazos la sed de los arbolitos, haciendo rendir el agua para ahorrar los viajes. Entonces Joaco le cambió las pimpinas por unas más pequeñas para que el castigo fuera doble, y aprendió entonces que era mejor músico que calculista, porque a los quince días se le estaban secando los mandarinos.

Nació en Zapatoca el 1 de noviembre de 1973, el primero de los hijos de José Joaquín Gómez Gómez y Odilia Prada de Gómez. Después vino Willington Lizardo, contador, el hermano rico, que tocó flauta traversa un año; le pusieron de profesor a Parrita durante dos clases, y hasta ahí llegó el flautista. Después, Vilma Rocío, fisioterapeuta, también estudiante del Dicas durante seis meses, y Betulia Patricia, fisioterapeuta residenciada en Bucaramanga. La iniciación musical de Rubén Darío se dio cuando Joaco lo llevaba al Dicas para que le cuidara el carro, mientras él tomaba clases. El chino se la pasaba brujeando por la ventana hasta que le hicieron una prueba bien dura para sacárselo de encima, y, como no pudieron rajarlo, les tocó aguantárselo de ahí en adelante. Entró con Cecilita Pinzón; luego con Luisa Peña, que le jodió la vida con el Solfeo, y después con Leonardo Gómez Silva.

Lo de Pilar, Mochila y Emilio comenzó en enemistad, porque ella era (y es) de las que no se deja mangonear, y si no hay contento hay que protestar; en cambio a él no le ha interesado sino tocar. Pero la rivalidad duró apenas unos tres meses, porque, siendo compañeros en la UIS, se complementaban: el uno argumentando desde lo musical, y ella desde un mundo más amplio, a partir de la pedagogía. Su amistad nació por conveniencia, y fueron viendo que él no era tan pedante ni ella tan líder como parecían. Comenzaron a entenderse desde lo académico, y después de lo otro. Y ahí están juntos, aunque ella aceptó casarse únicamente con la condición de que él se graduara, dizque porque ella con estudiantes no anda. Mochila Cantora nació en el parqueadero del Hotel Ruitoque, en una habitación cedida por Luis Eduardo Cristancho, en donde metían a los chinos que Pilar traía del Caldas, y cuyas clases dependían de la ocupación en el Festivalito. Al segundo año ya tuvieron banda, y por haber quedado en el disco del Festivalito se animaron para grabar un disco. Rubén daba clases de banda, pero no tenía banda, así que compraron un instrumento de cada uno y arrancaron. Un estudiante podía estar en una clase y soplar su instrumento sólo dos veces. A medida de que fue llegando platica, fueron comprando instrumentos, y hoy tienen más de una veintena de instrumentos de viento y un equipo completo de percusión, además de que el interés de los padres ha hecho que los estudiantes tengan su propio instrumento. Y Emilio, en quien pusieron mucho empeño, nació el 13 de abril, hace dos años.

De entonces a hoy han pasado muchas cosas en su vida musical: guitarra clásica con Lara y los valses de Lauro en el Luis A. Calvo; la carrera en la UIS; el piano (que fue de Ana María García) en música de cámara y en orquestas; el clarinete como instrumento principal; la bandola y el tiple; el manejo de todos los instrumentos de la banda por necesidad pedagógica; sus éxitos como arreglista de orquesta, a pesar de la incredulidad y el desgano de Mañe Pérez; el trabajo en Kalúa, adonde juró no volver, las chisgas con fascinación, de JJ, Kanán, Bamboleo, con John Claro, y luego RH, que comenzó dando serenatas con cuatro integrantes y terminó marcando la pauta en Barranquilla. Los talleres en el programa de bandas del Ministerio de Cultura, y su monitoría en el área de teoría; sus composiciones para banda, como la suite “A la colombiana”, de catorce minutos y medio, y su amistad con creadores, como Victoriano Valencia. Después vino Rubén y David, para tocar lo que se le daba la gana, Frescos que Colombia clasifica, Agua Fresca, boleros con Kike Mesa, y, por último, Septófono, con sus triunfos y  las emociones y el goce de ser invitado en Cosquín. Desde el Álave del Oro, tocando tiple con Joaco, ha recibido cuatro premios al mejor arreglo, siete premios por mejor obra inédita, tres premios al mejor conjunto, un premio al mejor director, tres Congos de Oro, el gran premio Mono Núñez, el gran premio Luis Carlos González, y el gran premio Tarima de Oro Fernando Remolina en el Festivalito Ruitoqueño de Música Colombiana.

Rubén Darío no volvió a ver los mandarinos desde los días del castigo; regresó mucho tiempo después, a una semana de la muerte de Joaco, a recoger y comer de los mandarinos que regó, y que le enseñaron que no hay que dejar los proyectos empezados. Cada vez que escribe una obra lo asaltan varias sensaciones: la satisfacción de hacerla, lo que pueda sentir quien la toque o quien la oiga, y si esa será o no su última obra, además de la pregunta: cuando se alcanza un logro cumbre, después, ¿qué queda? Dice Rubén que es claro para  él que no debe creerse lo máximo, y que hay que trabajar para lograr las cosas. Lo que no tiene claro es cuántas canciones ni cuántos arreglos tiene. El Festivalito tampoco lo sabe; lo que sí sabe el Festivalito es todo lo que Rubén Darío Gómez Prada significa para nosotros, para Santander y para Colombia.

 

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