Jairo Arenas Ribero

Jairo Arenas Ribero

EL pasado 30 de abril, Jairo Arenas Ribero cumplió 66 años. En la casa donde nació, la administración municipal mandó poner una placa (dice 11 – 51). Es hijo de Luis Emilio Arenas y Emma Ribero, y hermano de Zaida, Reinaldo, Pedro, Luis Emilio y Florelba. Aunque también Reinaldo y Pedro aprendieron a tocar el piano de la casa, Zaida fue la más música de todos; recibió clases durante siete años y Martín Corzo le regaló de grado un requinto con clavijero de palo, y en él Jairo aprendió su primera melodía: El jinete, de José Alfredo Jiménez.

Con ayuda de Pedro, que ya era carmelita, lo convencieron para que se fuera a Pamplona, y allá fundaron la tuna carmelitana con los Palomino –Gabriel y Álvaro- el padre Anguiano, que tocaba violín, y otros curas que tocaban la bandurria. En Pamplona se graduó y se fue para Nueva York en 1965, adonde su padrino, Roberto Barbur. Llegó feliz, con visa de residente, pero estalló la guerra con Vietnam y lo llamaron a pelear… y eso hizo, pero por correo durante dos años, sacándole el cuerpo al servicio. A los tres años ya se le venció el plazo, y, cuando le iban a echar mano, con la ayuda de Pedro y de los hermanos carmelitas –otra vez- se trasladó a España, desde donde mantuvo un constante intercambio de correspondencia con el Tío Sam, y visitas laborales en los veranos a un hotel de judíos en Nueva York. Con lo que ganaba en el verano en Nueva York vivía el resto del año en España. Allí entró a la Universidad de Sevilla a estudiar medicina durante dos años, en las residencias universitarias de los hermanos carmelitas. A los dos años de carrera, regresó a Colombia por la muerte de su papá. Se vino con la intención de terminar la carrera, pero no le aceptaron lo que había estudiado en España. Le ofrecieron, sí, dejarlo entrar sin admisión. Le tocaba ver cálculo, de un crédito, e inglés, como siete créditos, que le permitía dejar cálculo en cero, porque nunca iba a clase, pero mantuvo el margen para no quedar PFU hasta segundo semestre, porque ya no le alcanzó el puntaje. Luego entró a estudiar idiomas, y esa sí la terminó bien.

 

Lo mandaron al Dicas, que quedaba a la vuelta de la casa, cuando el director era Luis María Carvajal y su profesor, José María, uno de los músicos de la Rondalla Bumanguesa. Fue como a dos o tres clases, pero se aburrió porque las clases eran para varias personas y vio que no iban a pasar de apenas algunas posiciones, así que se fue a recibir clases particulares con el mismo profesor en el edificio del Hotel Bucarica. Con él entendió la importancia de tocar en conjunto, y se fue a tocar con Luis Claudio Corzo. Los sábados iba a ver la Rondalla con los Moreno en Radio Bucaramanga, y vio cómo ellos tocaban todo de memoria, aunque eran músicos de academia, así que se aprendió todo lo que oía y practicaba en la casa con el tiple.  Aprendió también del disco de Gonzalo Hernández, de los Hermanos Hernández, de Aguadas, que habían grabado un disco antes de Pacho Benavides; después aprendió con el 4X4 de Pacho Benavides. Se relacionó con los Duques del Rock (Carlos Acosta, tiple y guitarra, Pedro Arenas en el bajo, Luis Claudio Corzo en el piano, Álvaro Serrano en la batería y Roque Carreño en el acordeón). Vio a Carlos Acosta punteando Veleñita en el tiple y le llamó mucho la atención; habían ido a dar una serenata para probar un órgano recién arreglado, y como todos los instrumentos sonaban fuerte, amplificaban el tiple con un radio Phillips.

En 1978 fueron en la camioneta de Mario Arenas al Concurso Nacional de Solista de Tiple a Ibagué. Se llevaron a la Matraca –Carmen Alicia Ojeda- y en Bogotá recogieron, entre otros, a Pedro Nel Martínez. Por su interpretación del Bunde Tolimense se ganó un agasajo del gobernador, un almuerzo con Darío Garzón, una perdida en una discoteca de la calle del pecado con una muchacha que estuvo haciéndole ojitos todo el tiempo; y por su presentación como tiplista se ganó el primer lugar y $50.000, en un cheque por $30.000 y un giro por $20.000 que, treinta años después, todavía no ha recibido.

Su primera experiencia como profesor la tuvo en España en un colegio de los carmelitas, a niños en cursos de verano. Les dictaba clase de inglés, sin cobrar nada, en gratitud por lo bien que se portaron. Cuando entró al Caldas, Carlos Gómez Albarracín lo presentó en la clase: “Muchachos, les presento al profesor Jairo Arenas; yo no sé qué tanto inglés sabrá él, pero sabe más que ustedes”. Allí estuvo 16 años. Después trabajó en La Salle y el Virrey Solís. En la UNAB dictó Literatura Latinoamericana y Española para Derecho, y después se vinculó al Aurelio Martínez Mutis, cuando era alcalde Plinio Silva, tiplista también. Allí fue coordinador de la nocturna. Luego se fue para La Transición, San Cristóbal, La Esperanza, Regadero y La Juventud; llegó hace cuatro años, y a los tres días lo dejaron empeloto en la calle, y allí sigue (en el barrio, pero no empeloto). Ahora está en el Promoción Social del Norte, y este año se pensiona.

El disco vino como una oportunidad que facilitó la gestión de su sobrino Luis Carlos Lizcano. Desde hacía rato tenía ganas de grabar en serio, pero es muy indisciplinado y no le había puesto juicio a la vaina.  Lo entusiasmó la idea porque no tenía que ponerse a pedir nada a nadie.

Jairo tiene buenos recuerdos de sus tiempos vividos en otros lugares, y aún conserva algunos de ellos, como el pase de conductor que le dieron en Estados Unidos, pero que solo le sirve para manejar en inglés, porque una vez en Bucaramanga hizo el pare en una esquina, pero miró fue para el lado contrario, y se estrelló. Siempre ha buscado resolver los problemas con calma, como en una ocasión en Villa de Leyva, cuando estaban en un hotel tocando, y departiendo con algunos amigos, y se armó una pelea que terminó con todos los asistentes involucrados. La solución: se cambiaron de hotel, se pasaron a otra tienda, y siguieron bebiendo.

En el Festivalito, cuando con intenciones de hacer chichí detrás de la tarima se cayó con rasca y todo en un hueco, el que fue bautizado como el foso Jairo Arenas Ribero (ya fue tapado, para no tener que cambiarle el nombre). En el Festivalito, cuando estuvo Octavio Marulanda, recibió el gran premio Mesa de las Tempestades, junto a Jaime y Enrique Bohórquez. En el Festivalito queremos decirle hoy, con este sencillísimo homenaje, cuánto lo queremos y cuánto apreciamos el significado de Jairo Arenas, y de su tiple, auténtico, sentido y santandereano.

 

 

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