Carlos Acosta De Lima

Carlos Acosta D´Lima

 

Los santandereanos tenemos la ventaja de nacer donde queramos, y es este el caso del maestro Carlos Acosta D´ Lima, un santandereano nacido el viernes 23 de enero de 1942, a la una y media de la mañana en Lagunillas, un pueblo venezolano que ya no existe, en la costa oriental del lago de Maracaibo, en el estado de Zulia. Su papá, Máximo Acosta Vivas, mezcla de guajiro con zuliano, ingeniero de petróleos y flautista, y su mamá, Helena D’ Lima Renowisky. Es el sexto de diez hermanos en dos matrimonios de su padre.

 

En Lagunillas estuvo hasta los seis años. Luego vino a Bogotá, precisamente a ser testigo del bombardeo del 9 de abril, hecho que recuerda por su afición por los aviones (más tarde hizo un curso de pilotaje). Después, a los trece años, llegó a Bucaramanga cuando la compañía de su papá estaba en Casabe. Cuando supo que le tocaba en Bucaramanga se puso a llorar.

 

Entró a estudiar al Colegio Santander. De allí lo botaron después de año y medio, por indisciplinado y loco. Con “Ruitoque” Carreño, (Roque) recién llegado de los Estados Unidos, asaltaban el internado para meter la cama del director al baño. Como no lo querían recibir en parte alguna, lo internaron en Zapatoca. Lo botaron al mes por todas las causales: fumaba, era amiguero y se la pasaba con un tiple para arriba y para abajo; y lo que menos les gustaba era que a pesar de eso le fuera bien. La única vez que ha golpeado a alguien en su vida fue a un sacerdote, allí, en Zapatoca. Era el prefecto apodado “Cominos”, que llegó a sacarlo de la cama, a pesar de que estaba enfermo, para que fuera a misa por sus pecados, “que no fuera nena”. El religioso rebotó en la pared por el golpe, y Carlos llamó aterrado a su papá a implorarle que lo sacara porque había matado a un cura. Fue solo el susto, pero el rector le prometió una recomendación con la condición de que se fuera de Zapatoca. Con un paisano venezolano alquilaron un bus (les mandaban buena platica, eso si) y se vinieron para el Socorro a buscar en el Colegio Universitario al profesor Daniel Ramírez, que tocaba, entre otros instrumentos, una marimba de botellas de agua. Los aceptó, pero debían pasar la noche en otro lugar, así que buscaron donde tomarse algo, y resultaron donde las indias. Al otro día el mismo rector estaba parado en la puerta dispuesto a impedirles el paso.

 

Salieron para Bucaramanga, en romería, tomando trago en el camino. Montaban a cuanta persona encontraran. Se despertó frente a su papá en la 29 con 41, que venía con la intención de llevarlo a Venezuela al cuartel, pero Germán Ordóñez, novio de su hermana Helena, le consiguió un cupo en el Colegio San Pedro, a pesar de lo avanzado del año. Lo botaron a los dos años y medio, en la mitad de sexto.

 

Se graduó de bachiller en Caracas. Se metió al conservatorio José Lorenzo Llamoza. Por las bases recibidas de su papá, al año de ingresar lo pasaron a la Escuela Superior Lino Gallardo. Ahí definió como principal instrumento el trombón y, como segundo, la guitarra. Todo iba bien hasta que tuvo un accidente: se cayó de un piso a otro. En ese entonces tocaba con los Bee Bops (Antes había tocado en Los Duques del Rock), con Roque Carreño en el acordeón. Estaban a una semana de irse para España con un grupo; vivía en el piso trece y rodó por las escaleras cuando se enredó con sus chancletas. Tuvo varias fracturas y debió quedarse sin el viaje. Le pusieron clavos en el hombro. A raíz del accidente perdió los dientes frontales y le cambió la mordida, y por lo tanto la embocadura, entonces se cambió al contrabajo.

 

Su primer maestro fue Omar Sansone, bajista de Piazzola y primer contrabajista de la Orquesta Sinfónica de Venezuela, ronero y putañero, que no comía chorizos ni carne por respeto a la religión. Carlos Acosta se graduó en la Escuela con el título de Contrabajista en 1973, y estudió cuatro años más en Francia, donde se especializó en el instrumento y realizó un curso especial de música de cámara. Desarrolló en esos viajes, además de su talento musical, una impresionante capacidad para catar bebidas, con marca, fecha y todo.

 

Volvió a Venezuela y estuvo en ejercicio cuatro años con la orquesta experimental y veinte en la Orquesta Sinfónica de Venezuela, de la que sigue siendo socio. Empezó en el último y terminó en el primero de diez atriles. Se salió para no pasar por el proceso de institucionalidad y en cambio sigue participando del grupo. Aunque la orquesta no quería que se fuera, y hasta hubo conflicto por ello, tenía su espinita con Bucaramanga desde hacía tiempo. Había venido varias veces y había conversado con Roque y con algunos familiares y amigos, y le llamaba la atención nuestra ciudad porque se sentía con deuda afectiva. Él dice que lo que pueda hacer en adelante quiere entregárselo a Bucaramanga, la ciudad de sus afectos. A pesar de los excelentes sueldos que le ofrecieron en otras partes y la no garantía en Bucaramanga, aceptó el llamado del maestro Sergio Acevedo. Se vino con un fagotista, muy entusiasmado, y para mostrarle lo bueno que se pasa aquí, lo hizo comer tamales con chocolate a las ocho de la noche, y casi lo mata de un paro gástrico. Habló con Sergio Acevedo y con Gabriel Burgos cuando se estaba organizando la Filarmónica; ellos le ayudaron a conseguir donde vivir, y en un furgón inmenso metió los muebles y sus dos contrabajos y se vino para Bucaramanga en 1996. A los dos días de haber llegado, estaba en el Festivalito con la cónsul de Venezuela y Ruitoque Carreño. Emborrachó a la cónsul y él se estuvo hasta las cinco de la mañana.

 

Tiene cinco hijos del primer matrimonio (Acosta Serrano): El primero, Carlos Manuel (4 Phd), 44 años, neurólogo en Sao Paulo; Julián Eduardo, quién murió de 24 años en Bucaramanga por una parálisis cerebral en 1989, el mismo día que por primera vez cantaba Alfredo Sadel con la orquesta (estaba tocando en el ensayo general y lloraba, y la gente pensaba que era por Alfredo Sadel, que entonces estaba desahuciado ya); Álvaro Fernando, 40 años, biomédico (4 Phd), director de la escuela de investigaciones biomédicas de la Universidad de Glasgow, Escocia; Víctor Manuel, que vivió 24 horas, y Luz Mercedes, 30 años, fisiatra en Houston. Luego Jeremías (léase yeremaias), 17 años, que vive en Carolina del Norte, pero fue concebido en Venezuela. Por último, Sofía de los Ángeles, de 6 años y medio, que vive en Bucaramanga.

 

Carlos Acosta D’ Lima, más que docente de la Facultad de Música y director del centro de sonido en la UNAB; más que el hecho de ser el primer contrabajo de la Orquesta Sinfónica de la UNAB; más que ser el hombre que lleva diez años de trabajo intenso a favor de la música colombiana, con luce propias en Vientos de Ruitoque, Agua Fresca y el Barbero del Socorro; más que el hecho de haber involucrado una cantidad interesante de artistas y haber convertido una escuela de formación en un movimiento particular de la música colombiana, es el término de referencia cuando se habla de un compañero excepcional, de un amigo incondicional y de un verdadero maestro.

 

Carlos Acosta D’ Lima es colombiano, y su cédula lo convierte en barranquillero, así que puede ser presidente de ambos países. Su corazón es netamente santandereano, pero dice que no pierde su dejo –será porque está muy viejo- o por sus asideros útero-afectivos gigantes. Si ustedes lo oyen hablar, notarán que usa expresiones puramente santandereanas, como: “Coño, hijuepuerca, vale”; y es el único artista del mundo que en Ginebra, Valle, ha sido galardonado en el “Festival del Catire Núñez”.

 

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