Rafael Ortega Motta

Rafael Ortega Motta

A Rafael lo identifican la música y la juventud, visibles a su alrededor como resultado de su trabajo de toda la vida. Nació en Suratá, Santander, el 25 de abril de 1946 a las cuatro de la tarde, hijo de Julieta Motta y Carlos Alirio Ortega, un agricultor que no sabía de agricultura ni de ganadería. Estudió en la escuela Camacho Carreño en Suratá, y comenzó el bachillerato en el Seminario Conciliar de Floridablanca; se graduó en el Colegio Santander en 1964.

En 1970 se graduó como Doctor en Odontología de la Universidad Nacional. Lo mandaron para Sabana de Torres a hacer el rural. Soltero y sin cinco, por insistencia suya se quedó otro año mientras conseguía algunos pesitos. Iba para el tercer año cuando su hermano Iván consiguió que lo destituyeran, por petición de su mamá porque dizque el muchacho por allá se les iba a echar a pique.  Atendía a trescientas cincuenta señoras, a cinco pesos cada consulta, que llegaban como fuera, en bus, tren o avioneta (cuando desde Bucaramanga se gastaban seis horas). Él era el dueño de las mujeres del pueblo. Las de abajo eran del barrio del Chure, y las de arriba rodaban. Dice Rafael que era por desquitarse porque los liberales lo mandaron allí por castigo y no les quiso dar el gusto.

A los dos años y tres meses llegó a Bucaramanga, donde fue acogido en el Centro Odontológico, una sociedad con Jairo Calderón Zambrano, Ángel María Castellanos y Luis Eduardo Meza Correa. Puso consultorio particular y se unió con Alonso Amaya y Jairo Calderón durante treinta y dos años en la Clínica Odontológica, en la 29 con 47, en un lote de la casa de Enrique Paillié. En 1975 se empleó en la Policía, y de allí se pensionó. Ese mismo año ingresó a la UIS a trabajar con los estudiantes, que lo mantienen amañado. Él dice que continúa por dos razones: la primera es que si no se junta con la juventud, se vuelve uno viejo, y la segunda, que las muchachas han mejorado porque antes eran supremamente feas. Dice además que no se retira de la profesión porque es muy chismoso. También en 1975 se casó con Cecilia Mendoza, del Cocuy. Sus hijos son Rafael Augusto, gineco-obstetra de 30 años; Mario Andrés, abogado penalista de 29 años, trabaja para la organización Mundial para la propiedad intelectual; Adriana Lucía, odonto-pediatra de 26 años, y Carlos Julián, estudiante de carrera en el Conservatorio Nacional.

En realidad, sus satisfacciones musicales las ha logrado con sus hijos; como cuando, muchos años después de asistir al estreno del auditorio León de Greiff con Pacho Benavides, vio allí a su hijo Carlos Julián tocando el clarinete. Ese día le tocó aplicarse unos “anatoles”.  O cuando –años antes- vio realizado el sueño de ver a sus hijos integrando un grupo: era Vientos de Ruitoque, organizado inicialmente con Cocha Ruiz. Invitaron a su compadre Rafael Aponte, pero él estaba muy ocupado, y entonces comenzaron a buscar a quien estuviera bien desocupado, y terminaron resolviendo el problema con Fernando Remolina. El grupo se organizó para el Festivalito con Carlos Julián en el clarinete y Adriana Lucía en la flauta; además, Juan Gabriel Ospina (también hijo de su enorme corazón), y el acompañamiento de Albertico Bautista en la guitarra. Luego vinieron Pablito Pabón, Heriberto Cañas y el maestro Carlos Acosta. Y llegaron episodios interesantes, como su excelente presentación en la regional del Mono Núñez y su discutida exclusión del Festival, y más tarde el triunfo en el Festival del Pasillo en Aguadas.

La Banda de Suratá comenzó con su papá. Iván, su hermano, entonces era personero allí. Consiguieron los instrumentos viejos, los arreglaron y llevaron a Pacho Adarme, pero repitieron el error de vincular solo a gente madura. Tras la muerte del director, pusieron a Hernando Adarme. Después vinieron capítulos importantes como el programa Batuta, y comenzaron con las flautas y el profesor Darío Guarín, egresado de la UIS, pero tocó cambiarlo pronto porque aspiraba a ganar lo mismo que Blas Emilio Atehortúa. Se encarpetaron con Batuta y el programa les dio instrumentos, lo mismo que el municipio. Intentaron con cuerdas, pero fue muy difícil. Entró Carlos Lozano, quien le dio cuerpo a la banda, y se consolidó la Escuela de Música Carlos Alirio Ortega en la casa de la familia, vendida al municipio. Hoy vienen desde las veredas a recibir las clases, y en Matanza, California y Charta les armaron competencia. Con Iván, quien pone las ideas, pero se esconde a beber solo y le deja todo el trabajo a Rafael, y con el empeño de seguir dando espacio a la juventud, organizaron el Festival de jóvenes intérpretes en el Club de Profesionales en Bucaramanga, que hoy convoca a artistas de todo el país.

El Festival Nacional del Bambuco Carlos Alirio Ortega es cuento aparte. Como cualquier hijo de familia, nació en una habitación, con los Arenas, Los Tres Pingos y diez botellas de aguardiente: fue un paseo, como primer encuentro, pensado para oír el trío. Ese día Rafael les prometió otro paseo, pero la condición era componer. Leonidas Ardila Díaz recogió y arregló en 1982 los cinco bambucos participantes; los compositores fueron Norberto Serrano, Leonardi, Joaquín Gómez, Rafael Aponte y Jairo Arenas. Todo aumentó: de ninguno, el encuentro pasó a cinco bambucos, y de diez botellas de aguardiente pasó a 25. El último festival se lo ganaron un vallenato, Nicolás “Colacho” Maestre y un chocoano, Leonidas Ocampo, de 63 participantes. El DANE no ha precisado aún el consumo de botellas de aguardiente en esa oportunidad.

Rafael argumenta de diferentes maneras el no haberse desarrollado en la música. Uno es que su mamá sentenciaba permanentemente: “Carlos Alirio, no quiero otro músico en la casa”, así que a estudiar todos; otro, que a pesar de no ser tan sordo como sus hermanos, sólo aprendió primeras notas, y estuvo en el coro del Seminario, con curas franceses y director paisa, pero nunca se preocupó por sus desafinaciones, porque era como pertenecer a los Muchos, que no se nota cuando alguien la caga.

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