Orlando Serrano Giraldo

Orlando Serrano Giraldo

Mucho se puede decir de Orlando, como sociólogo, como gestor cultural, como librero, como músico, como investigador, como amigo. A él le debe Santander anotaciones importantes, como el dueto Pioresnada, con José María Navas, hermano de Pablus Gallinazo, el grupo Cuerdas Folclóricas de Santander, el dueto con Néstor Cáceres, y Gastralgia con el gordo Albertico Bautista, el Trío Terruño, con Pocho Oviedo y Toño Franco, el quinteto Los Estropajos, el dueto con Adrián Manrique; su participación como jurado en certámenes nacionales, entre ellas el Mono Núñez; documentos –editados y sin editar- como “Entre guabinas y torbellinos”, “Colombia, país de regiones” . “Colombia de fiesta” (capítulo del festival de Vélez), “Compilación Luis A. Calvo”, “Diccionario del habla regional” en tres tomos, el documento sobre la Rondalla Bumanguesa, textos en la revista Credencial, Vanguardia Liberal, revista Anaconda; su gestión en el Festival de Duetos de Floridablanca, el Festival Luis A. Calvo, el Festival de Tríos de Pinchote.

Orlando “Comején” Serrano Giraldo nació el 27 de agosto de 1950 en el barrio Alarcón, en una familia de seis hermanos. Su mamá, Alcira, liberal, y su papá, Juan de Dios (Juan del Diablo, le decían los amigos), godo ancestral. De su entorno familiar recibió mucho de lo que es hoy (hablando de su formación personal y otros detalles). Uno de sus tíos, Héctor Giraldo, el de la tipografía Bolívar, fallecido hace poco, le enseñó todo lo que sabe de impresión. Jamás alguien pudo verlo de mal genio. Tenía once impresoras, quince hijos y tres casas: dormía en una, almorzaba en otra y comía en otra; las tres con los mismos muebles, y los renovaba al mismo tiempo, para no complicarse.

Su mamá era una vieja festiva, y su papá también, pero con principios distintos. Juan era el tiplista acompañante de Ramón Badillo, el de Tardes de invierno, de la vereda de Cuzamán, en Lebrija, y acostaba a Orlando debajo de su silla mientras tocaba. Nunca le prohibió aprender a tocar, pero se notaba la presión para que no lo hiciera. Juan peleaba mucho con Alcira. Decía que ella no le creía; por ejemplo, una vez amaneció por fuera de la casa un día de la madre, y ella no le creyó que hubiera estado toda la noche consiguiéndole a la Rondalla Bumanguesa para llevarle serenata. Juan nunca pudo entender a las mujeres: otra vez llegó amanecido y Alcira le armó cantaleta; él protestó: “Pero entonces quien entiende a las mujeres, la una brava porque llego, y la otra porque me vengo…”

Orlando fue un niño normal, salvo que su familia no lo sabía. Hijo único durante cuatro años, fue declarado inválido por dos características; la primera, su acromatopsia; no ve los colores, ve sólo en blanco y negro (pero se la pasa dando charlas acerca del color en la obra del maestro Acuña); la segunda es su miopía: una vez casi mata a un tío de una patada dizque porque no lo vio. Lo metieron al Divino Niño con la condición de que no lo pusieran a hacer nada; nunca jugó pepas, ni trompo, ni nada; se la pasaba jugando solo y oyendo radio todo el día, hasta que descubrieron que era normal y sus papás aprovecharon para agarrarlo a fuete.

Orlando dice que lo de “Comején” es por el negocio de maderas de su papá, pero acerca de esto hay un argumento más consistente: los muebles de su casa eran de muy buena calidad; había tres comedores y sillas para 94 personas. Cuando su mamá se quedó sola, se pasó a un apartamento y Orlando le cayó a los muebles y los volvió tiples. Lo único que se salvó fue la cama de su mamá, porque la hubiera dejado durmiendo en el suelo si a ella no se le ocurre ponerle tranca a la puerta. De la última madera hicieron catorce tiples (uno lo tiene Jairo Arenas); Rodrigo Álvarez hizo un asado para escoger el mejor de los catorce. El ganador salió del cabecero de la cama del abuelo, de la sala y del bifé. Su mamá se lo iba a quitar porque –por razones más que justas- decía que era suyo.

Se sabe que de la puerta de una iglesia sacó tres tiples y un cencerro, y con el Mono Cruz le echaron serrucho a un piano Brokner para construir dos tiples. Es más, hay pruebas de que los ojos y los dientes le brillan de manera sospechosa cuando ve madera fina en casa de algún anfitrión ocasional.

Orlando es, como su tío, ejemplo de serenidad en momentos difíciles, y así lo confirman sus salidas verbales. Cuando se han cometido errores en una presentación, a las caras largas de sus compañeros y las recriminaciones mutuas, él manifiesta tranquilo: “hubiera podido ser peor”. Al reclamo de una gran amiga nuestra cuando le reprochó preguntándole que si no se cansaba de tomar, él respondió: “Y qué me voy a cansar, ¿no ve que ahora jarto sentado?”. Amigo de los episodios cortos en cuestiones femeninas, alguna vez le llegaron a una reunión cuatro novias al tiempo; en medio de la angustia general, él se plantó frente a las cuatro y les grito atacado de risa:¨¡Viejas montoneras!”

Casado tres veces, sin contar episodios cortos, tiene tres hijos: dos mujeres y una fotocopia. Olga Cecilia, periodista, quien lo hizo abuelo hoy en Australia; Liliana está en Ibagué terminando Biología Pura, y Juan Diego, la fotocopia, estudia historia en la UIS, y en lo único que no es idéntico a su papá es en la edad.

A Orlando se debe su trabajo pertinaz por cambiar del tiple su imagen de instrumento de entrecasa. La Semana del tiple, su propuesta más importante, nació en Vélez en 1984, y su estructura contiene actividades como foros, ciclos de conferencias, exposiciones, ergonomía, técnica, acústica. En fin, ha jodido tanto con el tiple, que la gente terminó diciendo que éste Orlando si es mucho tiplehijueputa.

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